febrero 25, 2017

“En una cultura de la evaluación desde arriba es difícil que aflore la creatividad docente”

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David Perkins, teórico e investigador sobre inteligencia y creatividad, apuesta por educar para lo desconocido en un entorno que facilite el aprendizaje profundo y muestre al alumno la relevancia de los contenidos.

Por Rodrigo Santodomingo

Profesor de Harvard durante décadas, autor de ensayos en los que la ciencia siempre acude al rescate para desentrañar los misterios de la mente, impulsor de un sinfín de proyectos que sitúan al cambio educativo en un primer plano. David Perkins también ha codirigido junto a Howard Gardner (teórico de las inteligencias múltiples) el Proyecto Zero, aventura investigadora que, desde 1967, somete a escrutinio empírico ideas preconcebidas sobre el intelecto, el aprendizaje o la creatividad. Reflexivo y certero, Perkins atendió a MAGISTERIO vía telefónica desde su casa en Boston. El próximo verano en Bilbao será uno de los ponentes estrellas durante la decimoséptima edición de la International Conference on Thinking (ICOT).

Usted insiste en que tenemos que educar para lo desconocido. ¿Se trata de un imperativo de la época actual o la escuela siempre debería de haber aspirado a formar en la flexibilidad?

Lo desconocido siempre ha estado con nosotros, en algunos momentos de forma más evidente que en otros. La disrupción que trajeron las guerras mundiales es un buen ejemplo, como lo es la Revolución Industrial y la emigración masiva a las ciudades. Pero hay que reconocer que la empresa educativa es ahora mucho más sofisticada y ambiciosa que en esos períodos. Hoy podemos imaginar una Educación que se ocupe de educar para lo desconocido, mientras que en el pasado hubiera sido muy difícil abordar un objetivo de este alcance.

Su obra trata de reconfigurar el papel de la escuela y de sus principales agentes. Sin el monopolio en la transmisión de conocimiento, ¿cuál es ahora el rol esencial del profesor?

En su sentido más amplio, facilitar un aprendizaje profundo y el desarrollo de habilidades que permitan al alumno progresar y contribuir a la sociedad. La palabra clave es facilitar en vez de transmitir.

¿También mitigar el riesgo de acumular todo tipo de información sin apenas tiempo para digerirla?

Las nuevas tecnologías son una herramienta, no una solución, y como toda herramienta puede ser utilizada para diversos fines. También la escritura tiene muchas caras: desde revistas de cotilleo hasta libros de filosofía. Ahora bien, es cierto que, ante tal cantidad de fuentes de información, la evaluación crítica se erige como prioridad en el aprendizaje. Antes todo giraba alrededor del libro de texto, este y lo que dijera el profesor eran casi las únicas fuentes; ahora, la apertura que ha traído la tecnología digital puede conducir a fuentes muy nocivas, lo que aumenta la necesidad de una conciencia crítica.

Ha dedicado años a diseccionar qué se esconde tras la creatividad, ¿es la docencia una actividad esencialmente creativa?

Así debería ser. Siempre ha habido profesores creativos y otros que realizan su labor de forma más rutinaria. Que la balanza se incline en uno u otro sentido tiene mucho que ver con las expectativas que ponemos en ellos. Por ejemplo, cuando impera una cultura de la evaluación desde arriba, la tendencia es hacia caminos más rutinarios. Si el profesor respira un clima de libertad, aflora más fácilmente su creatividad.

¿Es la creciente obsesión evaluativa un obstáculo para que la escuela facilite ese aprendizaje profundo del que hablaba anteriormente? 

No me opongo a la evaluación en sí, que en principio posee un gran potencial para iluminar y mejorar la Educación. Mi crítica se dirige más bien hacia la forma actual de entender la evaluación y a su papel preponderante cuando se trata de mejorar las cosas. Configurar el sistema educativo mediante la evaluación es un juego peligroso: resulta difícil hacerlo bien y, con frecuencia, provoca consecuencias imprevistas.

Una de sus grandes preocupaciones es el empeño en mantener contenidos poco relevantes para la mayoría de alumnos. Suele poner como ejemplo la insistencia en dominar complicadas ecuaciones mientras se dedica muy poco tiempo a la probabilidad y la estadística. ¿Por qué hay tanta resistencia a cambiar el currículum?

Varios factores contribuyen a mantener el statu quo. Las expectativas de los padres: yo estudié eso, mis hijos también. El peso del sistema: cómo están diseñadas las pruebas de acceso a la universidad, las pruebas de nivel, etc. La propia confección del currículum, en buena medida a cargo de expertos en la materia que identifican muy bien lo fundamental de sus disciplinas, pero no tanto lo más relevante para las vidas del grueso de alumnos. El miedo, con hondas raíces psicológicas, a restar: la gente odia quitar algo, se percibe como una pérdida irremediable.

Ahondando en la motivación del alumno, ¿existe el riesgo de confundir el aprendizaje con una actividad puramente lúdica en la que prime el disfrute a corto plazo y la diversión?

No parece razonable que el alumno disfrute siempre… Usted ha hablado de diversión, y no creo que ese concepto sea de gran importancia en el aula. Sí es importante, por el contrario, preguntarnos qué percibe el estudiante como significativo. Una de las grandes debilidades históricas de la Educación ha sido obligar al estudiante a aprender cosas poco significativas para la vida que le tocará vivir, o fracasar al mostrar por qué lo que está aprendiendo será significativo en el futuro. Otra idea clave tiene que ver con la capacidad del profesor para implicar o involucrar a sus estudiantes, disfruten o no mientras aprenden.

Usted y su colega Howard Gardner han desafiado la idea de inteligencia como algo fijo. ¿Servirá una comprensión profunda del funcionamiento de la mente para reformular las dinámicas escolares?

Pienso que esa comprensión profunda ya es una realidad. Por supuesto que hay muchas cosas que no sabemos, pero sí muchas otras que aún no han sido trasladadas al aula. El reto ahora pasa no tanto por mejorar la comprensión de la mente humana, sino por empezar a aplicar en la práctica lo que ya sabemos.

¿Y nuestras emociones y su influencia en el aprendizaje? ¿Deberíamos prestarles mayor atención?

Sí, de hecho mi obra plantea lo que llamamos una visión disposicional del aprendizaje. Las disposiciones tienen que ver con las actitudes, las pasiones, con ideas como la curiosidad, la empatía, etc. Ahora sabemos que estas tienen tanto que ver con la inteligencia o la creatividad como las habilidades cognitivas.

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