mayo 23, 2017

“El profesor debería ser como un entrenador mental del alumno”

Claxton
Guy Claxton, profesor de la Universidad de Winchester, sostiene que la escuela ha de tener como objetivo conseguir que el alumno aprenda a aprender mientras ejercita su intelecto sin ideas preconcebidas.
El aula como gimnasio neuronal en el que los alumnos “fortalecen los músculos” de su mente y expanden las fronteras de su inteligencia. Las pesas, herramientas de pensamiento bien sistematizadas; la cinta de correr, un proceso de aprendizaje flexible e inagotable que prepara para esa carrera de fondo que es la vida; los monitores, docentes que saben cómo integrar las dimensiones cognitiva, emocional y social del alumno con vistas a extraer el máximo rendimiento. Guy Claxton acuñó hace décadas la expresión “poder de aprendizaje” sobre la que gravita su visión educativa. En su escuela-gimnasio ideal, el alumno aprende a aprender sin límites marcados por nociones reduccionistas de la inteligencia. Claxton asistirá a la decimotercera edición de la International Conference on Thinking (ICOT), a celebrar el próximo verano en Bilbao.

¿Piensa que la mayoría de profesores siguen clasificando a sus alumnos según categorías intelectivas fijas, limitando así su potencial de mejora?
Empiezo a detectar algún cambio, aunque muchos profesores continúan pensando que pueden diagnosticar con fiabilidad la cantidad de inteligencia de sus estudiantes, y se sienten con derecho a usar etiquetas como brillante, mediocre, altas capacidades, etc. Déjeme remitirme al trabajo de Carol Dweck, quien ha demostrado que si los chavales compran la idea de que su inteligencia es algo fijo, esto tiene un efecto negativo muy directo sobre su forma de afrontar el aprendizaje: se vuelven menos aventureros, están menos motivados y abandonan antes frente a la dificultad.

Más allá de lo que transmita el docente, ¿existen factores que determinan el juicio que el alumno realiza sobre su capacidad intelectual?
Un estudio llevado a cabo por Dweck en Chile concluye que los estudiantes de entornos desfavorecidos tienden a considerar que su inteligencia tiene poco recorrido, mientras que aquellos de entornos ricos muestran una mentalidad más abierta. Sin embargo, en ese estudio, los alumnos desfavorecidos que pensaban que su inteligencia tenía margen de mejora alcanzaban resultados similares a los de alumnos mucho más afortunados desde una óptica socioeconómica. Así que no tengo duda de que si logramos transmitir a esos chavales que parten con desventaja que su inteligencia se puede expandir, les ayudaríamos a mejorar enormemente su rendimiento. Esto, por otra parte, abre la puerta a una concepción del docente como entrenador mental.

¿Se pueden conciliar horizontes educativos tales como aprender a aprender con la creciente importancia de la evaluación cuantitativa (league tables en su país, PISA a nivel global)?
Buena parte de la comunidad educativa piensa que existe, por fuerza, un conflicto entre ambos objetivos, y esto no es cierto. Si consigues que el alumno sea un aprendiz más flexible y con más confianza en sí mismo, rendirá mejor en los exámenes.

¿Pero debemos reformular la evaluación y poner el foco en el propio proceso de aprendizaje y no tanto en el resultado final?
Sería lo deseable, pero quiero insistir en el hecho de que el actual sistema de evaluación no impide enseñar de forma más interesante y fomentar el poder de aprendizaje. No debemos utilizarlo como excusa para el inmovilismo. Dicho esto, claro que me gustaría que la evaluación prestara mayor atención a aquellas capacidades que realmente van a ayudar a florecer a los chavales en un mundo complicado e incierto. Seguimos insistiendo en atiborrar las mochilas de los alumnos con piezas de conocimiento que no servirán de mucho cuando se enfrenten a un mundo laboral que requiere, más que conocer, saber pensar.

El problema es que no sabemos cómo evaluar esas habilidades cuyo aprendizaje conformará la escuela del siglo XXI. Uno de tantos desafíos en un momento de transición.
Empezamos a vislumbrar cómo hacerlo. El propio PISA ya aborda conceptos como la resolución de problemas o el trabajo colaborativo. A muchos nos gustaría que el cambio fuera más rápido, pero al menos ya hemos empezado, y confío en que el futuro próximo alumbre novedosos métodos que integren la autoevaluación, el pensamiento inteligente, las actitudes hacia el aprendizaje… Sería bueno también desterrar la idea de que la evaluación centrada en contenidos y con traslación numérica es siempre más objetiva y precisa, ya que ignora por completo factores de gran importancia como la capacidad del alumno para gestionar sus emociones.

Un asunto, el de las emociones, que cada vez cobra más relevancia en los colegios. ¿Tendemos hacia enfoques escolares más holísticos, con nuestras dimensiones cognitiva y emocional, incluso física y social, mejor integradas?
Sin duda. Los centros, al menos en el Reino Unido, están prestando una mayor atención al cultivo, por ejemplo, de la inteligencia emocional. Más aún, este tipo de enfoques son cada vez menos percibidos como una ocurrencia progresista y más como una estrategia con base empírica hacia la mejora del rendimiento.

He leído que practica mindfullness, una técnica inspirada en la meditación budista. ¿Resulta descabellado pensar que este tipo de prácticas se incorporarán a la vida escolar igual que lo hizo la Educación Física y el deporte durante el siglo XXI?
No, en absoluto. En el Reino Unido hay un gran interés, por parte de escuelas muy diferentes, hacia el mindfullness y la meditación. De nuevo, su creciente popularidad se asienta sobre un buen número de evidencias científicas que vinculan estas prácticas a una mejor gestión emocional, mayor capacidad de concentración, incluso mejores resultados académicos y una salud física más robusta.

¿Existe resistencia entre las familias ante una escuela de mayor alcance que trascienda las fronteras de lo puramente cognitivo?
Los padres tienen profundas actitudes hacia cómo debería ser la Educación que reflejan su experiencia allá por los años 70. Se antoja esencial educar a las familias para que comprendan un enfoque más revelador sobre la Educación en el siglo XXI. Allana mucho el camino reunirlas y preguntar: “¿cómo será el mundo en el que tendrán que desenvolverse sus hijos de aquí a 20-30 años?”. Suelen responder que no tienen ni idea, y eso les hace más receptivos a un tipo de enseñanza en la que lo esencial, como decía Jean Piaget, es saber qué hacer cuando no sabemos qué hacer.

Una de sus grandes preocupaciones es la intolerancia a la frustración entre las nuevas generaciones. Por una parte, la publicidad, el exceso de tecnología o la sobreprotección paterna generan la sensación de que pueden conseguirlo todo cuando quieran. Por otra, un mundo incierto requiere de grandes dosis de flexibilidad. ¿Debe el profesor tener en mente las tensiones que provoca esta contradicción?
La idea de gratificación instantánea, tan asentada entre los alumnos, crea un buen número de problemas a todos los niveles. Creo firmemente que las escuelas cada vez comprenden mejor la necesidad de que los alumnos tengan control sobre su atención para dirigirla a cosas que de verdad importan, en lugar de tenerla constantemente usurpada por incontables estímulos. Tampoco podemos dar la espalda a la realidad… Pienso que la clave está en encontrar un equilibrio entre ambas formas de funcionar, y que las nuevas generaciones puedan disfrutar del picoteo en internet y el batiburrillo mental sin perder la capacidad de concentrarse en una tarea cuyos beneficios emergen como recompensa más a largo plazo.

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