marzo 29, 2017

“El alumno debe navegar por el aprendizaje mientras va adquiriendo dominio sobre su pensamiento”

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La australiana Lane Clarke, experta en diseño pedagógico y ponente de ICOT 2015, opina que no es posible aspirar a un aprendizaje profundo y autónomo mientras no enseñemos a pensar al alumno de manera sistemática.
La thinkbox de Lane Clark despliega en un diseño multicolor –con sus casillas y su centro gravitatorio emulando los juegos de mesa– todo el espectro de herramientas, habilidades y procesos condensados en el acto de pensar. Su objetivo es que el alumno pueda visualizar en todo momento múltiples opciones cognitivas como si fueran países en un mapamundi o elementos de la tabla periódica. Con un discurso que fusiona amenidad y rigor, la australiana divulga su enfoque pedagógico mediante una batería de talleres y conferencias cuya demanda la tiene con la maleta siempre a punto. Clark acudirá a Bilbao este verano para hablar sobre pensamiento profundo y arquitectura cognitiva durante la próxima edición de la International Conference on Thinking (ICOT).

No se cansa de repetir que saber pensar bien es el ingrediente esencial para un aprendizaje de calidad.
Hablamos de una relación integral: si el pensamiento del alumno es superficial, prejuicioso o débil, su aprendizaje tendrá los mismos adjetivos. Cuando las habilidades de pensamiento no figuran explícitamente entre los objetivos de un sistema educativo, son las escuelas o los propios profesores los que deberán incluirlas al diseñar su camino didáctico. Para mí no se trata de una opción negociable. Me apasiona tanto la inclusión del pensamiento crítico y creativo en el aula, que aunque nadie me obligara a ello desde arriba, siempre lo abordaría en mi práctica pedagógica. Se trata, a fin de cuentas, de una cuestión de valores y creencias sobre el fin último de la Educación.

¿Enseñar a pensar es por definición un objetivo transversal en la escuela, o también se puede hacer de manera independiente, sin insertarlo en la enseñanza de cada asignatura?
Lo lógico es hacerlo de forma transversal, ya que resulta fundamental que el alumno tenga siempre presente esa relación entre pensar con profundidad y aprender con profundidad. En mi enfoque, pensamiento y aprendizaje van siempre de la mano.

Retorzamos un poco las cosas: ¿hay que enseñar a pensar mientras se aprende, o enseñar a aprender mientras se piensa?
Podríamos discutir sobre este tema durante horas, y no estoy segura de que llegáramos a conclusiones especialmente provechosas… Sí me gustaría aclarar que no creo que el profesor deba realmente enseñar a aprender. Más bien, ha de dar a conocer al alumno las habilidades para mejorar su aprendizaje, así como las diferentes etapas que, como en cualquier proceso, conforman el aprendizaje. A partir de ahí, es el propio alumno quien debe navegar de forma independiente por esas etapas mientras va adquiriendo cada vez mayor dominio sobre su pensamiento.

En esa apuesta por un aprendizaje autónomo en el que el alumno elige las mejores herramientas de pensamiento para cada tarea. ¿cuál es el papel del profesor?
Tras catalogar las herramientas, procesos y estrategias de pensamiento y hacerlas visibles mediante un póster o similar, el profesor debe crear experiencias compartidas en el aula en las que vaya seleccionando cada una de esas herramientas y explicando por qué lo hace. Una vez que el alumno se haya familiarizado con el surtido de herramientas disponibles, es hora de que empiece a utilizarlas individualmente mientras el profesor le anima a que evalúe en todo momento la conveniencia de utilizar una u otra.

¿Hay espacio para la enseñanza “vieja escuela” (lecciones magistrales, aprendizaje memorístico) en el aula del siglo XXI?

Si realmente quisiéramos enseñar para activar el aprendizaje, la respuesta sería no. Una misma lección para toda la clase sugiere que todos los alumnos pueden aprender lo mismo al mismo tiempo, y sabemos que esto no es así. A través de las lecciones deberíamos ser capaces de aportar oportunidades de aprendizaje con un destinatario muy bien definido (un grupo pequeño de alumnos) y dirigidas a satisfacer necesidades específicas.

¿Y cómo se organiza una clase si el profesor tiene que parcelar sus lecciones en varios grupos? ¿Qué hacen el grupo b, c, d… cuando solo se dirige al grupo a?
Quizá este enfoque peque de ingenuidad idealista, pero creo que resulta factible si uno cuenta con las estructuras pedagógicas adecuadas. Yo enseño a los profesores con los que trabajo a crear tareas de aprendizaje a partir de “tarjetas de tareas” (taskcards en inglés). Estas tarjetas especifican cada tarea con el fin de que el alumno pueda dirigir su propio aprendizaje de manera independiente. El sistema de tarjetas cuenta con apoyo sonoro y está articulado para que el alumno pueda ir avanzando con alguna consulta eventual al profesor. Gracias a esta independencia del alumno mientras aprende, el profesor queda liberado para organizar lecciones concretas en grupos pequeños.

¿Piensa que las TIC están realmente moldeando la manera de pensar de las nuevas generaciones?
De nuevo, podríamos hablar sobre este tema indefinidamente… Mire, en los 90, todos decían “si pudiéramos llenar la clase de ordenadores, mejoraríamos drásticamente los resultados”. Luego fueron los portátiles, más tarde las pizarras digitales, y ahora la comunidad educativa clama al unísono sobre la necesidad de dotar de tabletas a todos los alumnos. No quiero que se me malinterprete: pienso sinceramente que el potencial de la tecnología es enorme, pero no obtendremos resultados diferentes mientras sigamos enseñando de la misma forma. Para mí, el aprendizaje profundo se activa mediante el pensamiento profundo, algo que sin duda pueden impulsar las TIC. Lo fundamental, a fin de cuentas, es que el alumno conozca las herramientas (digitales o no) a su disposición y que las seleccione con conocimiento de causa.

¿Supone el exceso de tecnología una amenaza para el aprendizaje reflexivo?
No lo creo. Lo que resulta imprescindible –con o sin tecnología digital– es que enseñemos al alumno lo que significa reflexionar y que aprenda la importancia del pensamiento reflexivo, así como las habilidades específicas que permiten un buen uso de la reflexión y la metacognición. Si conseguimos que vayan asimilando poco a poco las herramientas y estrategias que le permiten pensar sobre su propio pensamiento, un día será algo tan habitual que lo hará de forma natural.

¿Un modelo de evaluación puramente cuantitativo podría frenar la enseñanza de las habilidades de pensamiento?
Siempre es importante recolectar información. Por desgracia, lo que ahora predomina es un tipo de evaluación uniforme que mide algo, pero sin duda no todo, de lo que realmente importa (¡y en ocasiones lo que no importa!) en la enseñanza-aprendizaje. Déjeme terminar con una cita, atribuida a Einstein y también al sociólogo William Bruce Cameron: “No todo lo que se puede contar (o cuantificar), cuenta, y no todo lo que cuenta puede ser contado”.

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